Fuente: El País
♦ Hoteleros y comerciantes aseguran que los asistentes al festival no dejan apenas dinero
♦ Lo achacan a la crisis y la dura competencia de Marina d’Or
El Festival Internacional de Benicàssim (FIB) ha cambiado mucho en sus 19 años de historia. Y también el impacto que ha tenido sobre una población que aprendió, tras los recelos iniciales de un pueblo que no quería ver truncado la tranquilidad de su turismo familiar, que la llegada de miles de fibers cada año pone a Benicàssim en el mapa internacional y supone (suponía) una lluvia de dinero para hosteleros y comerciantes. La organización estima que el impacto directo roza los 20 millones. Pero los tiempos han cambiado, el festival y los fibers también, y Benicàssim ya no ve el FIB como la salvación del verano. Sigue leyendo




